Diane Fossey, la mujer que amaba los gorilas y que fue brutalmente asesinada

Diane Fossey
Diane Fossey

De chica quería ser veterinaria, porque era la única actividad que se le ocurría para estar cerca de los animales. Sin embargo, tiempo después descubrió que antes de salvar una vida era posible evitar que esa vida cayera en peligro. También aprendió que para estar cerca de un animal no bastaba con instalarse a pocos metros: había que comprenderlo, conocer sus costumbres y lograr que ellos también aceptaran estar cerca de ella. Por eso Diane Fossey dejó todo, su profesión de terapista ocupacional, su vida social y se fue a Africa, a vivir en condiciones primitivas, llena de heroísmo y devoción por los gorilas.

Tenía 35 años. Había nacido en 1932 en San Francisco, había estudiado en la Universidad y trabajaba en Kentucky. Pero tenía una inquietud que la distraía de la terapia y de los niños que atendía. En 1963 leyó un libro de George Schaller que le había devuelto aquella pasión que en sus primeros años tenía por los animales. Pero ahora era menos general, no se trataba de cualquier animal, la cosa tenía que ver con los gorilas.

Pasaron cuatro años y no resistió más. Buscó al antropólogo Louis Leakey, que era un especialista en el mundo simiesco. El tenía la teoría de que los monos, cualquiera sea su familia, son más sensibles ante las mujeres que ante los hombres y, además, les tienen menos miedo. Ya lo había intentado probar con Jane Goodall, que se había transformado en la mayor especialista en chimpancés, y ahora tenía una candidata para mezclarse con los gorilas. Con el empuje de Leakey, en unos días Diane Fossey se fue a Africa. Jane Goodall la recibió en Kenia, le explicó algo acerca de los gorilas y la mandó en un Land Rover, a casi mil kilómetros de allí, a los confines del Zaire.

Pero el problema no eran los animales, sino los humanos, porque al poco tiempo de estar en ese lugar estalló una revolución y Fossey fue detenida, puesta en prisión y maltratada durante dos semanas. Fue su último contacto con los hombres: en poco tiempo estuvo instalada en el Parque Nacional de los Volcanes, en Ruanda (Africa Central), donde un año antes Leakey había contado seiscientos gorilas que vivían en las alturas, sin separarse de sus familiares e intentando fugarse de los extraños.

El lugar tiene mucha belleza, pero vivir allí es extremadamente duro. Diane Fossey levantó su puesto de observación y se quedó durante dieciocho años, algunas veces acompañada por investigadores o lugareños que colaboraban con su trabajo, pero otras absolutamente sola. Los primeros tres años los pasó intentando comunicarse con las enormes criaturas. Aprendió a hacer sus sonidos y a reconocer sus gestos. Pero era una extraña, con buenas intenciones, pero extraña. Apenas la veía el macho de alguna familia, se golpeaba rítmicamente el pecho con las manos para demostrarle que su presencia no les era para nada grata. Él era jefe absoluto y la única forma de ser aceptada era mostrarse sumisa y obediente. Aprendió los gestos y las posturas corporales que debía asumir para mostrarles que quería integrarse a ellos, y lo logró. Terminaron aceptándola.

«Diane Fossey llegó al extremo»

Diane FosseyPero una vez más el problema no eran los gorilas sino los hombres. Porque los animales no eran para nada violentos, al menos no atacaban sino, que sólo se defendían si eran amenazados. Y con su familia eran más solidarios y gentiles que con la gente. Ella misma era tan aficionada a sus primates que los trataba como seres humanos. Él zoólogo David Watts, que trabajó con Diane Fossey durante tres años, dijo: «Es natural que uno se encariñe con los animales que estudia, pero Diane llegó al extremo» y lo que quiso decir es que ella prefería a sus inofensivas y afectuosas criaturas antes que a los humanos asesinos.

Claro que los gorilas eran suyos por sentimientos, pero no por propiedad. Ella no lo entendió y eso le causó problemas, luchas y hasta la muerte. Combatió a los pigmeos Batwa que mataban gorilas para vender sus partes como recuerdos a los turistas, al propio gobierno que no los protegía de las cacerías ilegales o que permitía la comercialización de crías. A los indígenas los enfrentó con sus propias supersticiones y entonces muchos creyeron que se había vuelto loca. A las autoridades las desafió mandando patrullas adonde ellos no las enviaban.

Presentó batalla y le respondieron. En 1977 apareció muerto y mutilado Digit, uno de sus gorilas favoritos. Y en la mañana de 1985, ella misma fue encontrada con dos golpes de machete en la cabeza. A su lado había una pistola que no había tenido tiempo de usar. Acusaron a un estudiante que vivía a cien metros de su carpa. Nunca se hallaron pruebas, pero al menos hay una certeza: no fue un gorila quien asesinó a Diane Fossey.

En 1988 su vida fue relatada en la película Gorilas en la niebla, protagonizada por Sigourney Weaver.