Escribe Alberto Moya: El cura Mugica, asesinado hace 45 años

Por Alberto Guillo Moya

–¡Pero, Carlos! ¿Vos entendés que nos van a matar a todos?

Del estudiante universitario Julio Bárbaro al cura Mugica, quien le propuso sumarse al Comando Camilo Torres “para hacer la revolución” (1967).

Antes de vivir en Berazategui, provenía de una clase acomodada. Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe había nacido el 7 de octubre de 1930, durante un Estado de Sitio; hijo de quien, hacia 1938, fuera electo diputado. Toda la familia tenía una estancia en el interior que debió ser vendida y, con su parte, compraron dos hectáreas en Villa España. A los 14 años, Carlos se anotó en box en el Luna Park; luego estudió Derecho; trabó relación con la familia Guevara. En 1950, después de ver al Papa Pío XII, decidió ser sacerdote; según enumera la excelente biografía de María Sucarrat (El inocente, Grupo Octubre-La Página, 2017). En los primeros años ‘60, en campamentos de cristianos, inspiró a los jovencitos Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y Mario Firmenich (JEC) en el compromiso cristiano.

 Cuando el guerrillero más famoso del continente fue asesinado –en un complot de la CIA con participación de guardias locales, uno de los cuales vive en Villa Mitre, de Berazategui– Mugica viajó a Bolivia en procura de traer el cadáver del Che. A finales de ese 1967, para el 20 de diciembre, participó de la reunión en el Colegio Sanford, de Quilmes que dio origen al colectivo de 270 curas comprometidos con los pobres que la prensa bautizó Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo. Ya despotricaba en la tele contra el capitalismo y los explotadores. Se fue con su enamorada Lucía Cullen a París, para el Mayo Francés del ‘68; ese mes durmió en el departamento del Hippie Juan Carlos Alsogaray, hijo del jefe del Ejército Argentino; todos, ligados a la zona sur del conurbano.

 A finales del año, convocados por la revista Cristianismo y Revolución de nuevo en el coqueto Sanford, distintos grupos plantearon que la pobreza sólo acabaría por medio de la lucha armada contra los ricos. Medina, Ramus y Firmenich pasaron del compromiso que les inspirara Mugica al entrenamiento militar facilitado por Envar El Kadri (FAP). Luego del fusilamiento del fusilador Pedro Aramburu (1970) el cura Alberto Carbone, fue detenido –aunque no tuvo nada que ver– porque guardaba la máquina con que tipearon los comunicados redactados por los Montoneros Emilio Maza y Norma Arrostito. De allí viene el mito de que el MSTM tenía vínculos con la guerrilla; algo que fue cierto sólo en el dos por ciento de los casos según coinciden fuentes opuestas (Diana, Marta: Buscando el Reino, Planeta, 2013).

De la discusión política de aquellos días, también participó Mugica:
–He venido hasta La Plata, a esta Facultad de Humanidades, a dar mi posición: El Socialismo es más cristiano que el Capitalismo, pero criticamos tanto al capitalismo, como al marxismo en Rusia, desfiguración de Marx. Reconocemos en el peronismo la senda al socialismo.

De regreso por Berazategui, en Mitre y Sevilla, frente a la barrera de la Av. Italia, el cura rubio casi cuarentón historiaba:
–Esta quinta, se compró en los ‘30. Acá viví de chico. Ahora, traigo pibes de la villa a ver si los hago hinchas de Racing.
Ya en el campito, gritaba:
–Dale, boludo, pasala. No te la comás –incrédulo, Tito Antúnez oía al cura–. Al arco tenés que apuntar, che; la puta madre.
Cerca de la pileta, cuando el fútbol estaba por terminar, le hacía señas a don Tito o a María, encargados de la quinta. Quería decir:
–Vayan preparando las duchas.

 En planta alta había algo inusual para esos chicos: agua caliente.
Algidos pasaron a ser los días en que se perseguía a quienes ajusticiaron a Aramburu. El 7 de septiembre de 1970, Mugica despidió, en el sepelio, a los Montoneros Ramus y Abal Medina:
–Aunque hace tres años que no los veía… tengo que pedir perdón; me siento responsable de la violencia, por mi cobardía…
Eso lo puso más cerca en la mira de la ultra derecha, al punto que en una madrugada del 2 de julio del año siguiente, sufrió un bombazo en su casa porteña y, a la misma hora, era buscado en la Villa 31 por cuatro tipos.

 Estuvo entre los demorados por la Policía cuando fue a solidarizarse con cuatro sacerdotes detenidos en Rosario el 3 de agosto.
Vivió todo aquello en un contexto de proscripción del partido mayoritario, cuyo derrocamiento en 1955 había festejado pero que, 17 años después, lo tenía enfrentado a los represores que hambreaban al pueblo.
Ya en el decisivo 1972, luego de la masacre de Trelew que aceleró los tiempos políticos, Mugica oyó a la mujer de sus desvelos, Lucía Cullen:
–Voy a llevar unas armas de Quilmes a Lanús. ¿Me acompañás?
Iban en un Ami 8, muy tranquilos, hasta dar con un control policial.
–La puta madre –rezó el tercermundista.
Marcela simuló estacionar y, cuando el uniformado se acercaba, salió arando mientras reían nerviosos. Fue la última travesura del cura antes de partir en secreto a buscar a Perón a España, el 14 de noviembre.

 De regreso, el 17, en el sobrevuelo a Ezeiza, cual Luther King, entonó:
–No tenemos miedo/ no tenemos miedo/ nunca más; llevo en mi corazón seguridad que vamos a vencer al fin.
A los festejos que siguieron después del aterrizaje, el cura sumó participación. Acordó con Perón reunión para el MSTM.

Al dictador Agustín Lanusse, le hicieron frente con la candidatura de Héctor Cámpora, cuando quedó claro que Antonio Cafiero no era el más duro para esa batalla. Lo que casi nadie sabía es que otro de los candidateables era el propio Mugica.

 El 25 de mayo de 1973, trepado a la pirámide de Mayo, con campera de cuero negro, veía la masa por las diagonales hasta la 9 de Julio festejar la asunción de Cámpora. Desde abajo, lo miraba sonriente Héctor Simeoni, un periodista de la derecha católica que se agriaba ante el estandarte a su izquierda, enorme, que rezaba “Juventud Peronista. Avellaneda presente”, y a su espalda, el de la JP Quilmes. Todas, detrás de un pasacalle extendido al entero ancho de la Rosada con mayúsculas negras: MONTONEROS.

 Cuatro días después, Mugica rezaba a la memoria de los guerrilleros Escribano y Burgos, muertos en combate el 29 de mayo del año previo, con una misa en la villa a la que asistieron Marilina Ross y su compañera de militancia, Lucía Cullen. Al otro día salió en los diarios bajo la gran bandera argentina con la inscripción Montoneros. Esa adhesión se diluyó luego del crimen de la guerrilla de FAR contra el líder de la CGT Ignacio Rucci (25 de septiembre de 1973). Pasó a fundar otro movimiento villero.
Se mandaron una cagada tremenda –se endurecía el sacerdote–. Lo de Rucci va a desencadenar una represión así grandota.
El 11 de marzo, en el primer aniversario de la elección, fustigó el acto Montonero en Atlanta:
–Pocos obreros. Prevaleció la ideología por sobre la realidad.

 Mientras Montoneros cuestionaba que Perón no liderase una revolución de segundo mundo (de izquierda), otro un grupo se mantuvo leal al postulado tercermundista de centro. Esa JP Lealtad era vista como un “peronismo bobo” por amigos de Mugica como Miguel Bonasso. Los otros, el sector más aguerrido, se trenzó con Perón en una plaza imberbe de la que se fueron mientras la ortodoxia del PJ les gritaba que “Perón los echa”. Tres días después, el primer muerto fue Manuel García, del sindicato ceramista en Monte Grande.

 A la semana, le tocó a Mugica, ametrallado por los policías federales de la AAA Eduardo Almirón y Miguel Ángel Rovira (a quienes el edecán presidencial Tomás Medina los oyó referirse al sacerdote, “a ése le vamos a hacer la boleta”) por orden de Carlos Villone, del Ministerio de Bienestar Social (MBS).

 El MSTM Avellaneda denunció “la escalada de violencia entre un proyecto de liberación votado masivamente por el pueblo y un proyecto de renegociación de la dependencia”. La revista de ultra derecha El Caudillo, que lo había hostigado, tituló: “A Mugica lo mató la Tendencia”. En España, el quilmeño Miguel Gucho Tarquini recibió una carta de quien lo sucedió en la Jefatura de Redacción, su vecino de Quilmes, Simeoni: “Asunto Mugica, ¡tremendo!, tengo un terrible cargo de conciencia. Por fin entendí aquello de ‘no juzgues si no quieres ser juzgado’. Ese asunto me hizo sentir muy mal”.

 Este material exclusivo al que tuve acceso, más las entrevistas con Simeoni, la familia Tarquini y muchas otras fuentes documentales y testimoniales como Luis Farinello y varios Montoneros, me permiten estar seguro de que el crimen del cura Mugica a manos de la ultra derecha fue usado para montar una operación de propaganda contra la izquierda, que, más allá de algunas discusiones, nada tuvo que ver.

Redacción

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